jueves, 22 de enero de 2009

NUEVO ADMINISTRADOR

Aquí hasta mi luna a la que voy a veces huyendo del mundanal ruido, no exactamente "para seguir la escondida senda por do han ido los pocos sabios que en el mundo han sido", según dijo el fray de León, sino, simplemente, para descansar de las pejigueras que se acumulan. Hasta aquí, digo me ha llegado como un eco prolongado la palabra crisis, pronunciada, pásmense, por nuestro presidente Zapatero. Y la ha repetido tres veces, para que luego digan.

Es que hay palabras -o realidades- que son difíciles de asimilar. A veces se tarda casi un año, cuando ya es tan enorme la realidad que impide siquiera vislumbrar algún horizonte esperanzador. Aunque siempre hay donde agarrarse y ahora Zapatero, porque no ve otra luz con la que encandilarnos, se agarra a Obama como si Obama fuera el santo milagrero que nos pueda sacar del atolladero económico este que tanto angustia. Moratinos nos amplia la esperanza: "España está en la cabeza de Obama" cuenta. Menos mal, esperemos que no le duela.

Este Obama, el cuadragésimo cuarto presidente americano creo, es en principio, uno más, sólo que es negro y llega en unos momentos cruciales y todos le miran como a un posible salvador y desfacedor de entuertos. El que haya llegado tan alto pese al color de su piel, resulta un dato positivo y alentador en el progreso de la sociedad americana. Lo de que resulte un buen presidente, es buen deseo que ojalá se cumpla, pero sólo un deseo hasta ahora.

Los progres españoles quieren ver en él a un gran aliado y los del otro bando, los fachas para entendernos, subrayan para aguarles la fiesta a los pogres, que la política seguida por demócratas y republicanos ha resultado siempre muy similar, sobre todo en los temas que afectan al exterior. Y tienen razón, no hay más que echar una ojeada a la Historia: Lincoln, republicano, acabó con la esclavitud y republicanos fueron los que se anexionaron Hawai, Filipinas y Puerto Rico; pero Roosvelt, demócrata, fue partidario de enfrentarse con las armas a los países totalitarios y Truman, su sucesor y demócrata también, lanzó, nada menos, las bombas atómicas sobre Japón. Kennedy, por su parte, demócrata asimismo, organizó lo de Bahía Cochinos, en Cuba, y luego desamparó a los atacantes. Johnson, su sucesor demócrata, intensificó la guerra de Wietnam elevando a 500.000 los soldados allí destacados. Después Reagan, republicano y aborrecido por las izquierdas españolas, logró una brillante recuperación económica. Bush padre, republicano, apoyó la unificación alemana y los cambios en la Europa del Este. Luego ya vino Clinton el demócrata que todos recuerdan que dio paso al otro Bush... Y esas estamos.

No existe gran diferencia, deciamos, entre los dos partidos. Su comportamiento se ajusta a la situación de cada momento como no podía ser de otra manera. Y en cuanto a la ideologóa, debemos observar que cualquier liberal situado en el extremo más exigente del PP, resulta más "avanzado" digamos para entendernos, que un demócrata medio norteamericano. Que no se hagan ilusiones los progres españoles en cuanto al izquierdismo de este Partido estadounidense.

Veamos la realidad de estos días. Observamos, atendiendo al equipo del que se ha rodeado Obama que se trata más bien de un goberno de concentración. Se ha valido de republicanos destacados para ocupar puestos clave. Cabe pensar entonces más que un cambio político profundo, en un cambio administrativo que tratará de mejorar actuaciones anteriores, solucionar problemas pendientes y enfrentarse a los venideros defendiendo siempre los intereses del país.

Recordemos que Lincoln, republicano, abolió la esclavitud, problema de ese momento, mientras que Truman, demócrata, acabó la guerra, que era con el que se encontró, aplástando a Hirosima y Nagasaki sin miramientos. Ahora Obama anuncia el plazo en que sacará a las tropas de Irak, asunto ya en cartera que le traspasa Bush, a la vez que se enfrenta al sinsentido de las prisiones de Guantánamo. Dos temas muy llamativos y de gran efecto cara a la opinión mundial. Como lo es fijándose en sus conciudadanos, la congelación de los sueldos de los altos cargos en su país. Todo en buena concordancia con su discurso de investidura, tan patriótico como gratificante que rimaba de maravilla con su grata sonrisa.

Aparte de todo eso, hay una lección que nosotros españoles y el resto de los europeos también, debemos aprender. Nos la dio la nación americana en su conjunto con el traspaso de poderes a la nueva administración. ¡Qué maravillosa y ejemplar normalidad!. Todo tan doméstico y sencillo pero que sorprendentemente resultaba grandioso. Comenzó con la invitación a los Obama por parte de los Bush a desayunar en la que todavía era su casa. Luego, en el exterior, ante el pueblo americano representado por unos dos millones de almas, se rezó -sí se rezó- el Padre Nuestro: "Our Father who are in heaven..." antes de jurar Obama el cumplimiento de sus obligaciones como nuevo administrador.Posteriormente la despedida amistosa y cordial, al presidente saliente que, en un helicóptero ascendió mientras se introducía ya en la Historia para que la historia continuara dentro de una cotidianidad ininterrumpida.

Pero ahí surge la incógnita, al intentar hacer esa historia de todos los días mientras el mundo, espectante, observa. ¿Lo hará bien? ¿lo hará mal? Y algunos como nuestro Zapatero esperando que el negro (con perdón) le mire con la esperanza de que la crisis ahora reconocida por él en España, vaya menguando por arte de magia del mandamás del mundo, de la nación que antes despreciaba. Y no quiero ser aguafiestas, pero he de decir que los primeros pasos de Obama como presidente han sido fatales. Sobre el escudo de la nación nada menos, plasmada en el suelo del amplio salón, lo hizo muy mal y los pies de la ya primera dama fueron testigos de la poca habilidad de su marido como bailarín durante la tradicional fiesta con que se clausuraron todos los actos de su investidura. Mas le perdonaremos que no sea un auténtico Fred Astaire si sus pasos políticos resultan más acertados. Ojalá sea así.

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martes, 30 de diciembre de 2008

LA REVOLUCIÓN QUE NO ACABA

Cincuenta años son muchos años para casi todo y más para una revolución que, al cabo, se convierte en una costumbre. Tal la de Cuba que anda ahora de cumpleaños, exhausta, acabada o acabándose como su creador el gallego Fidel, el que a tantos quiso engañar, el revolucionario de la voz hueca inacabable que ya, en 1952 desde su programa de radio, conseguía soliviantar algunos ánimos en aquella Cuba de Fulgencio Batista. El sargento golpista que sí prohibió los partidos políticos en la Isla, pero no acabó con el ardor político de los cubanos que casi atronaba el ambiente, de tal forma que al español que entonces llegaba a Cuba, acostumbrado a la dura censura que sufría la España de aquellos años, parecía que se adentraba en el país de la libertad.

Contra esa dictadura, la de Batista que preparaba al país para llevarlo, se decía, a unas elecciones libres, contra esa Cuba entonces pujante, Fidel Castro se levantó y se fue a Sierra Maestra, se dejó la barba él y los suyos, y con unas medallas al cuello pretendió y en tantos casos consiguió, engañar a muchos. Quería Fidel, según dijo entonces, volver a la democracia con la Constitución de 1930. No contaba (si es que fue verdad esa idea en algún momento) con los imponderables y con la influencia de gente como el Che Guevara, revolucionario y asmático personaje elevado a los altares del izquierdismo más intolerante.

Luchó Castro y los suyos contra el Gobierno establecido que, según un gran periodista español de entonces, contaba con muchos hombres, pero con pocos soldados. A pesar de esto, Castro no se valió del heroismo sólo y de la entrega, sino también de la astucia y el terror a veces más eficaz que el combate declarado. Castro, sin duda, hubiera vencido también con las armas, pero su victoria la consiguió (y de esto no se habla) en el frente azucarero al que, como otros que nos toca más de cerca, exigió el impuesto revolucionario. Los azucareros, entonces, presionaron a Batista obstaculizando con ello cualquier defensa o la búsqueda de alguna solución política. La zafra mandaba. No podía perderse pues era vital para el país y Batista tuvo que irse, eso sí eligiendo bien el destino: a su familia la envió a Miami con las alforjas bien llenas, que la familia es lo primero. Y él se fue a Santo Domingo donde todavía gobernaba un Trujillo hermano de Rafael Leónidas, el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva como se titulaba el humilde general.

Así fue la victoria de Fidel, lo demás ha sido parafernalia. Mientras el país, tan empobrecido, a la espera de que la revolución le de un respiro.

martes, 2 de diciembre de 2008

MÁS SOBRE LOS DOLORES

Me gusta escribir la palabra Patria, también Hispanomérica o Iberoamérica, no Latinoamérica. Me gusta destacar las glorias de nuestra Historia. Y me gusta y me recreo en ello por todo lo que me sugieren. Y también, lo confieso, por llevar la contraria a tanto progre actual, intelectuales de pacotilla que no aportan nada porque niegan todo lo que suena a positivo y han desterrado de su léxico tales palabras. Y al notar a esos progresistas, oirlos, verles, me uno al hallazgo unamuniano que resume de maravilla todas las sensaciones que se me despiertan, y también "me duele España".

Esto del dolor por España viene de antiguo. De manera ostensible desde mediados del XIX. Desmembrado ya prácticamente el Imperio, con sólo Cuba, Puerto Rico y Filipinas, con la Guerra Carlista en plena ebulición, con, sin embargo todavía, una gran proyección exterior siempre costosa: guerra de Africa, anexión de Santo Domingo, intervención en México, Guerra del Pacífico contra Chile y Perú; con Amadeo I que llega y se va, hastiado supongo; con una Primera República que necesitó cuatro presidentes en los once meses que duró; con todo esto, el optimismo se apaga y surgen los efectos del dolor patrio. Ya Galdós que hereda de Larra la preocupación nacional, propugna el progreso que entiende nos traerá el liberalismo. Ganivet, por su parte, siente vivamente la decadencia española y propugna una "reconstitución interior", concentrando en España todas nuestras energías. Costa desde su preocupación, resume su consejo: "Despensa, escuela y siete llaves al sepulcro del Cid", metas que se han mantenido en el recuerdo.

En estas estaba ya España, cuando las batallas de Cavite y de Santiago de Cuba, desfavorables para nosotros, nos acarrean la pérdida definitiva de los restos del Imperio y surge el desconsuelo del 98. Un desconsuelo, sin embargo, me atrevo a decir, que trae la reacción tan valiosa de destacados pensadores. Surge un Unamuno, ahora tan citado, y nos dice que "hay que aspirar, de todos modos, a hacerse eternos y famosos no solo en los presentes, sino en los venideros siglos", lo que anima. Y un Azorín y un Baroja que en su preocupación, nos enseñan a apreciar la España íntima, nuestra España. Y un Ortega que nos analiza en su "España invertebrada" y propugna la europeización espiritual de España. Y un Menéndez Pelayo que al enumerar nuestras glorias a través de los tiempos, termina: "Esta es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra. El día que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectones, o de los reyes de Taifas", lo que ojalá no sea una profecía vista nuestra realidad actual de la dispersión regional y de la negación de gran parte de nuestro pasado, que tanto duele.

Pero para que el dolor al menos se suavice, acerquémonos al nicaragüense Rubén Darío que con su modernismo nos acerca la renovación literaria, y con sus sonoros versos nos infunde un optimismo tan necesario, porque lo que él cuenta persiste: "Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda/espíritus fraternos, luminosas almas ¡salve!". Que se completa así: "Que la raza está en pie y el brazo listo/que va en el barco el capitán Cervantes/¡Y arriba flota el pabellón de Cristo!".

Esta última estrofa habrá que quitarla, claro, no vayan a verla los niños en las escuelas. ¡Qué dolor!.

lunes, 1 de diciembre de 2008

EL DOLOR DE DON MIGUEL

Unamuno, el místico, el filósofo, el patriota fue el que exclamó la famosa frase de "me duele España". Creo que siempre España ha dolido a los que se preocupan por ella. Si se repasa la Historia casi siempre hubo motivos. ¿Los hay ahora? Por supuesto, aunque son de distinta índole. El país no está moribundo: "Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, Don Quijote mío", se lamentaba Unamuno. No, ahora no lo está, pero el dolor persiste y, esta vez, no es tanto por la marcha del país desde el punto de vista material, como por el sentimiento de que la libertad del individuo está cercada hasta tal punto que ni se permite que el pensamiento de cada cual ni el de toda una comunidad según la que sea, cristalice en nada real.

--Usted es libre de pensar lo que quiera, pero el camino a seguir es éste únicamente-- nos indican.

Los que mandan mandan y les empuja el revanchismo que es lo peor y con él traen de la mano el deseo de dominio. Les ayuda la técnica tan avanzada. Ya tratamos de ello. Desde que somos un número, el control es mayor. En todos los órdenes se siente la imposición. Son muy diversas. Refirámonos a una, la que trajo la gran equivocación de la instauración de las autonomías, al menos en la forma en que han quedado instituídas. En muchas de ellas la libertad se ha visto coartada en gran parte. Los que mangonean el cotarro buscan lo que separa a cada región, los particularismos ridículos, folklóricos, con el afán de encontrar una personalidad diferenciada, precisamente ahora que se habla de la aldea global. Se cambia la Historia para ajustarla a sus despreciables ideas. De esto ya se ha hablado mucho, pero no se ha hecho nada para evitarlo y conviene recalcarlo. El daño para el próximo futuro, si persiste todo esto, puede ser irreparable por la formación falsa y destructiva que se ofrece a las nuevas generaciones a las que se dirige de forma cínica y lamentable. Y esto duele.

García de Cortazar que publica ahora su "Breve historia de la cultura en España" amplia todo lo dicho magistralmente y se lamenta en "ABC" de que "el pasado influye mucho en el presente porque en el presente se manipula la Historia". Dice Cortazar que en su obra demuestra "la gran aportación de España al pensamiento y a la mejora del mundo y de la sociedad. Sin la aportación de España el mundo hoy sería distinto". Pero nuestros dirigentes prefieren ocultarlo, y si no vean los libros de texto.

A pesar de tanta gloria, la fragmentación de España se adivina, se desea por algunos y duele, como duele que se olvide los que manda la Constitución para imponer un renovado anticlericalismo. Me refiero a los crucifijos en las escuelas, otro síntoma más de todo lo que adolecemos en la actualidad. Un artículo de la Constitución que nos debe regir, establece que "ninguna religión tendrá carácter estatal", pero añade, "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad". Además, que la educación que se imparta en los centros docentes públicos, será "respetuosa con los valores de la ética cristiana". Nada de esto se ha tenido en cuenta en el último episodio tan comentado estos días, a pesar de que la Junta escolar, había decidido conservar los crucifijos en las aulas. Mientras, dicen los periódicos, en muchos colegios no se imparte carne de cerdo en sus comedores, por respetar la fe musulmana de algún alumno de esta religión. La proteción a las minorías, a la excepción, con rechazo, en tantos casos a la opinión mayoritaria. De el deseo unamuniano de "españolizar Europa" pasamos, parece, al de querer desespañolizar España.

Esta situación no la trae sólo el afán de revanchismo, sino que se ve claramente que viene inspirado por un plan preconcebido de cambio social en el que dirigismo se amplie. Al fin y al cabo, las izquierdas siempre han abogado por la existencia de un Estado fuerte que se acerque a la omnipotencia con lo que el individuo, a la postre, queda difuminado en una masa social informe y anodina.

Por todo esto nos sigue doliendo España. ¿Qué hacer? Don Miguel lo toma por la brava y nos arenga: "Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá..... ¿Qué vamos a hacer mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! ¡Luchar!...

Pero quizá no no sea necesario, porque el mismo don Miguel nos apacigua con que "el mundo da muchas vueltas y la fortuna más". Esperemos, pues, para subsistir que esa fortuna nos traiga unos dirigentes que acierten a coordinar la libertad de pensamiento, con la posibilidad de una más libre actuación. Mientras, España resistirá. De otras ha salido.

viernes, 28 de noviembre de 2008

CON LA CRUZ A CUESTAS

La aconfesionalidad de los Estados parece una postura lógica, conveniente y justa. La puesta en práctica de un laicismo recién implantado y autoritario en la vida diaria de una sociedad en la que más de un 80% se considera cristiana, es un tanto difícil. La sensación de agravio surge a cada solicitud de que desaparezcan los símbolos tan entrañables para una mayoría. Tierno Galván se opuso a que retiraran una cruz de la mesa presidencial utilizada en ciertas ocasiones del Ayuntamiento de Madrid. "Es un símbolo de paz", señaló más o menos.

Pero ahora en España estamos sufriendo la enfermedad del revisionismo urgente y rencoroso de los que perdieron la guerra ¡Como si a estas alturas no fueramos todos perdedores después de tantas atrocidades! La democracia parece de una digestión difícil no sólo para este Gobierno revisionista, sino para algunos españoles de a pie, pazguatos asombrados ante sus derechos, que no dudan en enfrentarse contra lo que no es ofensa ni puede serlo, sino signo de creencias y de la tradición en la que han nacido. Son, vemos, las minorías a las que claramente se protege, lo que está bien siempre y cuando las mayorías sean debidamente consideradas. Para ello no se puede olvidar la realidad española, sus creencias, la Historia, las tradiciones que conforman nuestra cultura. La cultura es la que conforma nuestra personalidad y nuestra forma de ser, la que nos distingue.

España, la de los frutos tardíos como se la consideró, pero que los produjo y en tantas ocasiones con maestría y ejemplaridad, debería si dispusiera de voluntad, genio y originalidad, implantar la libertad a la que aspira y que ahora pretende copiar, fijándose en la Constitución y con el sello y la atención a sus valores y a su realidad. No se puede echar por tierra acabando por decreto de la noche a la mañana sin otras consideraciones, los signos que nos han caracterizado. En Francia, antigua y pionera en un laicismo claro y equilibrado, pero rotundo, no tuvo empacho su presidente en destacar la realidad cristiana de su país en la reciente visita del Papa. En Norteamérica los gobernantes nunca olvidan encomendarse a Dios en sus discursos trascendentales, con lo que creo que nadie, agnósticos o ateos con tras dedos de frente, se sientan ofendidos. Comprenderán que, al menos, la frase refleja la buena intención del que la pronuncia.

La Cruz que ahora van a quitar sin más miramiento de un colegio, símbolo que trasciende a su propio concepto no fue así considerada hasta dos o tres siglos después de la Crucifixión. El signo primero con que se distinguían los primitivos cristianos fue un pez de simple trazado. Esa muerte "y muerte de cruz" como todavía hoy se destaca en las oraciones, se consideraba infamante y los cristianos trataban de no recordar tal afrenta. Fue el emperador Constantino el que primero la utilizó destacándola en su estandarte. Desde emtonces es la señal del cristiano. Y los cristianos, mayoría todavía, con la ruda decisión de ahora que acaba con una tradición de siglos, se sienten conmovidos y dañados en sus creencias, porque la Cruz, ya lo dijo Tierno y así la consideramos, "es un símbolo de paz".

martes, 25 de noviembre de 2008

POESÍA Y ELECTRICIDAD

Hoy voy a lanzar a los cuatro vientos de mi blog los ecos de una angustia que se asoma y desaparece ante mi intermitentemente, alterando los momentos de traquilidad. La angustia me la trae una palabra sin rostro al parecer, una palabra fantasma, una palabra preciosa por otro lado que nos acerca, cuando se acerca, momentos de complacencia y admiración. Me refiero a la palabra poesía tan necesaria por lo conveniente que resulta verla y apreciarla en la propia vida. Cuando se consigue resulta más importante y persistente que poner a la existencia una sonrisa sólo, ya que con la poesía viene, aconpañándola muy probablemente, la sonrisa junto con la complacencia y la satisfacción.

--Oiga, yo veo poesía en un paisaje
--Yo en una música que me eleva y hasta me emociona.
--Yo la veo en la armonía de una pintura.

Oido lo cual me pregunto: ¿qué es la poesía que se la puede encontrar en tantos sitios? ¿Alguien me la podrá definir? La poesía se siente, se disfruta, pero va a pasar con ella, mal comparada, como con la electricidad (permítaseme tan grosera comparación, pero la electricidad es también, en el fondo, una desconocida con la que convivimos). Ya sé que se produce juntando electrones y protones. Es decir, sabemos producirla, pero ¿qué es? Lo más que decimos de ella es que se trata de una corriente. Y de la poesía tan valorada tan admirada, tan reconocida, únicamente que se trata de una expresión artística.

Ante tal vacío, me voy como hago tantas veces a los griegos, a los antiguos, claro. Pero ni siquiera Aristoteles me saca de dudas. Se limita a decir que la poesía para él "es una imitación bella de la Naturaleza"con lo que me deja como estaba. Entonces me voy a Platón, su maestro, quien unicamente explica, más o menos, que todo el que no esté agitado por el delirio que viene de las Musas que se abstenga de intentar nada poético y que se dedique a otra cosa.

Visto lo cual me largo a un campo más limitado para seguir con las pesquisas porque aceptamos que la poesía se ha identificado sobre todo con el verso, como si fuera necesario versificar para llegar a la poesía. Bien es verdad que el ritmo y la rima de los buenos versos acrecienta y nos acerca más al "delirio" de lo poético que señalaba Platón.

Nuestro marqués de Santillana -sigamos indagando- decía que la poesía es "un fingimiento de cosas útiles, é veladas con muy fermosa cobertura, compuestas, distinguidas, escondidas, por cierto cuento, peso é medida..." lo que nos sigue dejando en blanco, porque con todos esos elementos, en tantas ocasiones, no se alcanza gran nivel poético. Menéndez Pelayo es un ejemplo de perfección y de ausencia de poesía. Fray Luis de León en cambio, sí consigue elevarnos usando de la sencillez junto con la sonoridad del mejor idioma: "Del monte en la ladera/por mi mano plantado tengo un huerto/ que con la primavera/de bella flor cubierto/ya muestra en esperanza el fruto cierto".

Unamuno, el vasco que tanto se identificaba con su Patria grande, como debe ser, no siempre alcanza la altura suficiente desde el punto de vista poético, sí en tantos otros órdenes. Por ejemplo, cuando juega con la sonoridad del idioma y se olvida de otros detalles: "Avila, Málaga, Cáceres/Játiva Mérida, Córdoba/Ciudad Rodigo, Sepúlveda/Úbeda Arévalo, Frómista..." Puede parecer un itinerario ofrecido por Viajes Mélia, dicha sea esta ocurrencia sin ánimo de ofender a don Miguel. Sé que con esto no trataba de despertar ninguna emoción especial, sinó tan sólo alcanzar un clima musical con la fonética del español.

Otros, naturalmente, tantos, sí nos acercan esa emoción. Sus nombres están en la mente de todos, pero ninguno nos cuenta qué es en realidad la poesía. Nos la brindan que ya es bastante. Como pasa con la electricidad, ya dije y vuelvo a pedir disculpas por compararlas.

Llegado aquí, cuando me dispongo a buscar otra manifestación artística que me ofrezca alguna luz, distingo sí una lucecita que no es eléctrica precisamente y hacia ella voy. Alumbra esa luz a un romántico, a un maestro de románticos que me lo explica todo con lo que comprendo, por fin, qué es la poesía. Lo tenía escrito este romántico y dice así: "Qué es poesía dices/mientras clavas en mi pupila tu pupila azul/¿qué es poesía?/y tu me lo preguntas/poesía eres tu".

Y me voy tranquilo.

( Lo de la electricidad para otro día)

domingo, 23 de noviembre de 2008

CARRILLO, CACHETE

Dios es el culpable de los problemas de España. Tal barbaridad y tal sinsentido lo vomitó Santiago Carrillo. "Si Dios fuera ateo, en España habría menos problemas" dijo exactamente a Rafael J. Älvarez en una entrevista publicada ayer en "El Mundo".

Santiago Carrillo, como bien saben, es un viejo, viejísimo, 93 años tiene, que como les ocurre a tantos de su edad, quedó anclada su memoria en los años de juventud, una época -para su desgracia- en la que tantas barbaridades asolaron nuestra tierra. Pero él, Santiago Carrillo, por lo que parece, no las condena, porque él no tiene la noción del arrepentimiento: "Yo no me arrepiento, porque el arrepentimiento es una noción religiosa y yo soy ateo", siguió vomitando.

Es decir, como se declara ateo, no distingue el bien del mal, conceptos estos siempre valorados a lo largo de la Historia, independientemente de tener creencias religiosas o de carecer de ellas. Y si no, como ejemplo, que empiece dándose una vuelta con el peripatético Aristoteles, entre otros.

No lo hará, claro, él no pasa de Franco y de su Frente Popular. Se quedó anclado en la época de Paracuellos, de las checas de las que iban sacando, paulatinamente, a tantos "señoritos" para darle el "paseo". Él, desde su sillón con bastante mando y control del orden público, no se enteró de nada. Y si se enteró no se arrepiente de haberlo tolerado (no sé si ordenado) porque es ateo y los ateos -según parece aceptar creo que equivocadamente- no tienen sentido del bien ni del mal.
Creemos, sin embargo que del bien y del mal subjetivos si tendrá conocimiento. Sabrá que un dolor es un mal y que a una sensación placentera el común de los humanos la denomina un bien. Esto lo entiende todo el mundo, hasta Carrillo sin duda. Otra cosa es que no se pare a considerar ni al bien moral ni al mal moral, lo que llaman los filósofos el bien y el mal objetivos.

Yo me atrevo a recomendar a este anciano que en el tiempo que le quede con lucidez, aprenda, dejando de preocuparse de las creencias religiosa de los demás, que lo moral debe someterse a un valor, en tanto que lo inmoral y lo amoral, es lo que se opone a todo valor, que le es indiferente. Tomando esto en cuenta, la gente de bien, creyente o atea, acepta que lo moral es la obediencia a la ley así calificada y fijada por las normas, las leyes y las costumbres de la sociedad. Quien no acepta esto resulta un inmoral o un amoral. Tal Carrillo por lo que se desprende de la entrevista en cuestión y ojalá pueda demostrar lo contrario.

Creo, sin embargo, que le va a ser difícil hacerlo. Si estuviese dispuesto a ello, habría comenzado hace tiempo a explicar, obedeciendo a la tan deseada y cacareada petición de Memoria Histórica, todo lo que vivió en el Madrid de su tiempo. Lo de Paracuellos (de lo que está "hasta el copete", pero no lo aclara) de los asesinatos en las checas, de las persecuciones, etc. etc. Nos gustaría que hablese Carrillo de todo por lo que se siente orgulloso y le impide arrepentirse.

Y que deje las obsesiones: "Se necesita protección" porque "hay comandos falangistas que viven en el 38" dijo también ayer. Por Dios (y Ud. perdone) "la dialectica de los puños" ya pasó, como han pasado los falangistas y los suyos de su tiempo.

Visto lo visto ahí va un consejo: creo que para ser consecuente, debería quitarse el san de su nombre y llamarse solamente Yago, cuadra mejor con un ateo que pone la moral en cuarentea.