martes, 26 de abril de 2011

GIBRALTAR Y EL CAIMÁN

Que los más viejos del lugar que la conocerán canten conmigo: "A mi patria le robaron/ tierra inmensa del Peñón / y sus rocas sollozaron/ al amparo de un extraño pabellón". Esto es verdad, es la Historia conocida por todos quiero creer. Los ingleses se quedaron con Gibraltar aprovechando las circunstancias y dando, una vez más, ejemplo de la catadura de su Monarquía. Ya hablé de esto antes.

Esas estrofas entrecomilladas corresponden a una canción que se cantaba en mi niñez y que a muchos llenaba de coraje patriótico. Luego continuaba la canción con lo que era, sobre todo, un deseo, un sueño dadas las circunstancias; decía así: "Pero suenan los clarines / que si en Rusia ya triunfó mi División / no es bastante nuestra hazaña/ si es inglesa la bandera del Peñón."

Y no, no fue bastante nuestra hazaña y ahí queda la realidad de ese Peñón -"tierra inmensa"- como una deseo pendiente para muchos. Era 1704 cuando lo arrebataron los ingleses con martingalas inconfesables, pero que todos entendieron y en 1713 se confirmó esa robo con el tratado de Utrecht. Ese tratado que nos trajo a Felipe V, pero nos obligó a ceder entre otros poderíos hasta Menorca, aunque luego, se pudo reconquistar. En fin, y con el tiempo, (Castiella entre medias con sus esfuerzos fallidos como representante máximo de la reivindicación de tantos años, siglos), para desembocar al final, a la hora de ahora, en esa desgracia nacional de nombre Zapatero que con su sonrisa circunfleja ya convertida en mueca, la extendiera hasta la Roca, lo que dio pie los servidores de la Pérfida por antonomasia para que se crecieran y hasta se atrevan ya a incordiar a nuestros guardias civiles que vigilan el estrecho, impidiéndoles, en parte, cumplir con su misión, al menos de forma conveniente.

--De que cosas nos habla Vd. con la que está cayendo.

Pues por todo eso que nos cae encima he buscado cobijo en aquellos tiempos.

--¿Tan felices eran?

No, pero sí en ciertos aspectos muy concretos, ilusionantes, que de ilusiones también se vive. Quizá, si bien se mira, sobre todo de ilusiones. Ahora, brujuleando mucho, acaso tan solo pueda encontrarse alguna si pensamos en la sin duda no muy lejana marcha de esa calamidad de gobernante que nos ha tocado en desgracia que hasta la posición de España en el tema de Gibraltar empeoró. Que se vaya de una vez ya que el pueblo español en una votación casi referendum, ha manifestado tan claramente ese deseo.

Mientras llega ese feliz día, y ya que comenzamos con una canción, acabemos con otra; una que Franco prohibió porque creía que estaba dedicada a él. Yo, ahora se la dedico a Zapatero con mi más profundo deseo de que se cumpla pronto. Cantemos: "Se va el caimán / se va el caimán /se va para Barranquilla", etc. etc.

Caimán, según el diccionario es "nombre común de varias especies de reptiles", lo que le sienta al pelo al interfecto. En su segunda acepción nos dice que caimán es "persona que con astucia y disimulo procura salir con sus intentos", lo que le retrata.

jueves, 21 de abril de 2011

NUESTRAS REPÚBLICAS

En mi niñez, allá cuando el movido siglo XX aún estaba en la treintena, entre las llamadas gentes de orden, si querían definir alguna situación sin control, caótica, decían que "esto parece una república". Claro que existen repúblicas con orden y concierto, la francesa sin duda y la alemana y hasta la italiana que aguanta gracias a la sabiduría de ese pueblo lo que le echen, hasta un Berlusconi impresentable. Pero la experiencia española, en aquella época, en nada se parecía a la que se vive en la actualidad en los países citados y en otros muchos por supuesto. Nuestra experiencia fue distinta, trágica desde luego, sobre todo con la llamada Segunda República, y hasta cómica con la Primera en algunos aspectos, si hacemos un esfuerzo y no lo tomamos por la tremenda lo allí pasó.

De la última persiste el recuerdo auténtico aleteando en los conocedores de la Historia y aún entre los vejestorios más resistentes que todavía conserven algún control de sí mismos, junto a la falsificada memoria de los malintencionados, tan abundantes, con que pretenden engañar a los más jóvenes de lo que allí pasó. Pero las dos repúblicas resultaron destructoras. La Segunda desde el surgimiento revolucionario del llamado Frente Popular con la idea de una Rusia soviética como modelo, sustentado sobre todo por ese personaje tan triste llamado Largo Caballero y que dio motivo al Alzamiento, la guerra y los miles de muertos contabilizados en ambas partes.

Y ya que hacemos uso de los recuerdos, retrocedamos hasta 1873 nada menos, a esa Primera República que duró, pásmense, dos años, pero tan bien aprovechados que dio tiempo para disfrutar -es un decir- nada menos que de cuatro presidentes, cuyos nombres resuenan en la Historia cercana como si hubieran sido triunfadores: Figueras, Pi y Margal, Salmerón y Castelar. De todos, Pi y Margal destaca por su absurdo , incapaz y desorientado federalismo. Su proyecto de constitución aseguraba que las regiones de España eran estados soberanos que decidían libremente formar parte de la Federación Española. Cómo ha debido gustar esto al también triste gobernante español que todavía sufrimos: España con muchas naciones dentro revolviéndose en la piel de toro. Al fin y al cabo ya nos contó que eso del término nación es algo discutido y discutible. Y tanto que lo fue, por eso en el corto período de esa Primera República, en España se declaran independientes Málaga, Sevilla, Cataluña, Granada, Cádiz, Castellón, Valencia y Cartagena. Y la República de Granada llegó a declarar la guerra a la de Jaén, y la de Jumilla a todas las cercanas. ¡Qué menos!-

Considerado todo esto parece que esas gentes que he denominado "de orden" sí tenían motivos para, entre nosotros, identificar a la república con el desconcierto. Sí que lo hubo. Ochenta años se cumplen en este mes de la proclamación de esa Segunda República rematada con su Frente Popular que tantas desgracias acarreó y que aún pueden llorarse tal como hace Zapatero que no encuentra consuelo por la muerte, por parte de los alzados, de un abuelo suyo al que no conoció. Y en cuanto a desconcierto y lío de verdad, no digamos nada de la república anterior que sufrieron los bisabuelos de muchos de los que aún palpitan en este valle de lágrimas. Ahí es nada la República de Jumilla declarando la guerra a todas las de alrededor, creo que hasta la murciana, no sé si inclusive o no.

Solo hace 138 años que ocurrió todo esto. De la Segunda República , de su inicio, únicamente 80 y ya hay algunos que suspiran por una tercera y hasta sacan la bandera tricolor a pasear en cuanto pueden, sin avergonzarse y sin propósito de enmienda.

domingo, 10 de abril de 2011

MORERÍA

Esto de la homeopatía parece que va adquiriendo auge, al menos entre los enfermitos sin prisas. Es efectiva y puede ser también un placebo eficaz y tan necesario para coadyuvar a la curación, tanto como la voluntad, el deseo y la creencia.

Todo esto ha venido a cuento, aunque parezca extraño, mientras leía algo sobre el enfado que cogen algunos musulmanes cuando les llaman moros, y al enterarme de que en la "Farmacopea Matritense" se habla de un arrope de moras que al hacer gargarismos con él se remedian las inflamaciones de boca, garganta y lengua.

Bien, tenemos ya a las moras para curar por un lado y a los moros que nos invadieron por el otro, al fin y al cabo pura historia los dos, porque el moral, el árbol, la tiene, hasta Ovidio se ocupó de él en un asunto entre dos amantes. Plinio también, lo calificó de árbol sabio por lo bien que aguantaba las nevadas intempestivas y los romanos, además, lo utilizaban para untar las trompas de sus elefantes de guerra con el jugo de las moras, lo que parece, hacía más belicosos a los paquidermos. Ya ven.

Y dirijamos nuestra atención a los moros tan presentes antes y ahora en nuestras vidas, gentes estas que llegaron a España en el siglo VIII provenientes del norte de Africa y que en ocasiones mostraban el rostro tiznado por su relativa mezcla con los subsaharianos como se denominan ahora, ridículamente, hipócritamente a los negros negándoles su característica más notoria. José Legrá, el gran boxeador, el "Tigre de Baracoa", tan simpático, rechazaba que dijeran de él que era de color: "Yo no soy azul ni verde, soy negro, llámenme así", exigía. En cuanto a los moros y su ocasional tizne hay que tener en cuenta que su cultura, su religión, la musulmana, facilita la mezcla: el Corán permite a sus seguidores tener hasta cuatro esposas legítimas y cuantas concubinas puedan mantener. Y las concubinas, tantas veces, eran negras esclavizadas con todos los servicios incluídos.

Bien, es a lo que quería llegar, a la razón posible de la denominación de moros a los provenientes del Magreb que nos invadieron. Salgamos al campo y busquemos un moral, ese árbol calificado de "sabio" por Plinio. Su nombre proviene del griego "moron" que los latinos llamaban "morum" y que Lineo transformó en "morus", palabra con que al parecer denominaban a algunas plantas de frutos negruzcos. Y ese "morus", por lo visto, provenía del celta "mor", negro. Y a los celtas los teniamos en casa, celtíberos como somos en origen. Ese pueblo, ya hispano-romano que se vio invadido por los musulmanes y que quizá, despectivamente, aplicaran a sus dominadores esa denominación, "mor", negro; de ahí moro.

Habrá otras teorías y hasta certezas sobre el origen de tal palabra, pero yo brindo aquí la mía, la que me ha surgido mientras me interesaba por el arrope de moras con que hacer gargarismos y suavizarme la garganta para recitar eso de "mora de la morería, el día que tu naciste cuatas estrellas había..." Más o menos, en fin.

sábado, 2 de abril de 2011

GUERRA Y PAZ

Con permiso de Tolstoi, guerra y paz se contradicen, pero no se eliminan; hay guerra y hay paz casi siempre. Pero fíjémonos en la más importante, la que nos atañe a cada uno, la llamada paz interior que quizá convenga, para simplificar denominarla solo tranquilidad. Así entendemos todos esa situación en la que nuestros adentros permanecen abiertos para vivir con alguna felicidad y, sobre todo, para enfrentarnos con el debido ánimo y talante a la posible agresión que sin duda ha de llegar.

--Pesimista viene usted.

No demasiado para la que está cayendo, sino observador de la realidad. Hay que tener en cuenta que la agresión puede considerarse como la primera ley, ineludible además, que se nos presenta y a la que nos obliga la Naturaleza tal como está concebida para algo tan esencial como el mantenimiento de la vida, para eso que tanto se pregona: para la conservación de las especies entre las que nos tenemos que encuadrar.

Sin agresión no hay vida, hay que admitirlo. El pez grande se come al chico, se lo debe de comer. El león, o las leonas más bien, que el león suele dormitar a la espera de casi ser servido, deben cazar al cervatillo, al más tierno o al más viejo, al que corra menos sin duda, que hay que facilitar la operación. Es ley de vida, es decir, es ley de muerte. Agresión. ¿Cuantos miles de vacas, cuantos de pollos, cuantos de cerdos se matan diariamente en el mundo para que podamos zamparnos nosotros un buen chuletón cuando nos plazca?. Agresión, enorme agresión esta y además necesaria.

Luego, ya puestos, ese instinto agresivo se aprovecha, se moderniza podríamos decir y se amplia y surge a diario entre nosotros con inusitada constancia aunque llegue disfrazado con otro nombre más aceptado: el de la competencia, al fin y al cabo la disputa, lucha por alcanzar algo en propio beneficio y en perjuicio, como contrapartida, del contrincante. Agresividad al fin, aunque venga camuflada con los mejores modales y hasta con una sonrisa.

Pero hay más: esa agresividad, ley primordial a que nos lleva la propia existencia, alcanza como una derivación y con constancia que asusta, su máxima intensidad cuando surge mezclada con la política y los intereses más o menos lícitos de las naciones. Entonces decimos que estalla la guerra, la guerra grande, colectiva; y ese estallido prolongado a veces durante años, siembra el terror, elevando la crueldad a límites insoportables. Fijémonos únicamente en el siglo XX: nuestra Guerra Civil con miles de asesinatos, los amontonados en Paracuellos (¡ay Carrillo!) y en tantas cunetas del país como un producto de la fiereza de los dos bandos en liza; y antes, la Guerra Europea, luego la Mundial con millones de víctimas y con Hitler a la cabeza, sin olvidar la atroz fiereza de un presidente, Truman, al que se tiende a esconder su barbarie porque salió victorioso y los suyos escribieron la historia oficial: Hiroshima y Nagasaki con cargo a su conciencia; miles de muertos inocentes con sólo apretar un botón. Máxima crueldad, premeditación, alevosía sin conciencia.

Pero en el fondo todos, incluídos los pensadores, filósofos, hasta los santos, tienen un problema planteado con esa agresividad innata que tratan de no reconocer como necesaria tal como está concebida la existencia y que conduce en su más trágica manifestación, a esas guerras feroces que todos conocemos. Lo resuelven apelando a la llamada guerra justa. San Ambrosio, su discípulo San Agustín que la acepta para alcanzar la paz, Cicerón que también la acepta cuando no hay otro remedio y, por supuesto, la ONU, esa organización injusta desde su planteamiento, antidemocrática y dominada por unas cuantas naciones prepotentes y con derecho a veto que deciden lo que más les conviene.

En fin, simplificando que no hay que profundizar más, la simple libertad nos conduce a la agresividad. Y la bondad ¿dónde queda? cabe preguntarse. Parece así a bote pronto que como un valor para disfrute personal e íntimo que no evita sin embargo la necesidad de marchar de caza con las cartucheras bien provistas, o, si prefieren para hacerlo más actual con el ímpetu y la fortaleza necesaria para salir airoso en eso que se llama la lucha por la vida y que, cuando se consigue, solo entonces, se puede pensar en alcanzar la tranquilidad soñada, esa paz interior que produce la sonrisa bondadosa del que ha cumplido, es decir, del que ha vencido ¡para qué engañarnos!

viernes, 25 de marzo de 2011

LA LOTERÍA

He comprado un billete de lotería y mientras caminaba hacía cábalas con lo que haría si me tocaba el gordo. No, por supuesto, como aquel vivalavirgen que según leí no sé donde vivía como un marqués de los de antes, sin tener ni un duro. ¿Qué harías tu si te tocara la lotería? le preguntaron. "Pues vivir como vivo ahora, pero pudiendo ", respondió, lo que tiene su gracia. Yo, no, únicamente, mientras andaba me hacía ilusiones y como cada uno es como es y un servidor de ustedes resulta así de aburrido, enseguida me introduje en un campo filosófico-teológico a mi nivel, claro, jugando con dos conceptos alejados de mi influencia: el azar, sin duda la casualidad y la Providencia, tomada, acaso, como un determinismo que podemos calificar de cristiano. Dos conceptos opuestos al parecer según dicen los entendidos más exigentes; pero uno que no lo es precisamente, cree que bien pueden caminar juntos muchas veces.

Pienso que la Providencia nos deja bastante sueltos en este caminar por la tierra que creó, gracias a lo cual al azar se le permite jugar su papel tantas veces. Muchos, en verdad, admiten lo que a la vista está, que Dios se sirve en su gobernación del Universo, de las causas por Él creadas y ahí entramos todos. Y así en nuestra marcha surge el destino como un horizonte que se acerca paulatinamente, pero que podemos cambiar o al menos intentarlo. No como piensan los musulmanes y no sé si también unos crostianos, los calvinistas tan duros ellos y a veces tan intransigentes, que ven a ese destino como un camino no modificable. Se olvidan de nuestra libertad de elección siempre y cuando, naturalmente que el azar, en su sentido de mala pata para entendernos, no se nos presente como insuperable.

En fin, filosóficamente o no, yo con mi décimo -no era más que un décimo- sí invoqué a la Providencia, por si ella se ocupa de estas cosas y al azar, portador, a veces , de la suerte. Porque suerte, gafe y malapata, todo revuelto y alternándose, parece producto del azar en suma. Y así, con esta incógnita de por donde soplará el viento en cada jornada navegamos con nosotros mismos en esta especie de embarcación en la que nos sustentamos y que para el poeta se asemeja a un viejo patache. En su origen estos barcos eran unos pequeños veleros de madera que en el fondo y académicamente hablando, en un principio, eran naves de guerra que servían para transmitir órdenes, comunicados en general de un sitio a otro. Yo conocí los pataches allá sobre los años cuarenta del siglo pasado, que ya no tenían un uso bélico sino que se utilizaban para llevar pequeños recados y pequeños bultos de un puerto a otro siempre cercano. En mi Santander su recorrido llegaba hasta Asturias e incluso Galicia.

Barcos casi románticos, "con velas remendadas que también el viento hincha" como dice el poeta que hace como un símil con esas vidas zarandeadas de tantos: "Con vías de agua entaponadas que impidan enseñorearse al mar poderoso". E incluso continúa, "Con hundimientos fallidos por el esfuerzo imaginado/negando la realidad que mana de los ojos/en una proa de los sentidos que sigue abriendo el camino/por el que seguir navegando"... En fin, esta es la versión de nuestra andadura que hace de ese poeta que no canta, vemos, a los pajaritos ni a los amaneceres precisamente, sino a la vida, tan dura según él, que se nos presenta y que hay que encauzar momento a momento sin perder de vista a ese azar siempre imprevisible.

Y por eso, pensando en ese azar tan presente en juegos como el de la lotería, pero sin dejar de lanzar una mirada a las alturas por si fuera posible conseguir algún apoyo, el más importante sin duda, de tan altas instancias, continúo mi paseo con el décimo bien guardado y esperanzado. También en cuanto pueda tocaré madera por si sirve de algo. Ya les contaré el resultado.

martes, 15 de marzo de 2011

EN ESTE VALLE DE LÁGRIMAS

Y tantas como se han derramado por las tremendas consecuencias del terremoto y maremoto que conmueve a Japón y al mundo entero.

Veo que nos llegan estas desgracias como por sorpresa y hay que señalar que, lamentablemente, son desgracias anunciadas aunque sin fecha de llegada y que, por tanto, deberían ser esperadas con mucha atención. Los científicos duchos en estas verdades terrenas lo saben. La tierra, el universo entero responde a un orden según las teorías que muchos aceptan, mas este orden resulta impredecible en sus manifestaciones por lo que para el común de la gente bien se podría calificar, porque así lo ven, de un orden caótico si estos dos conceptos no fueran contradictorios. Y es que ese orden que vemos como un caos, responde a unas leyes siquiera físicas, establecidas y conocidas en su mayor parte con las que el universo entero se rige para su continuidad cambiante de aparente destrucción, seguida, sin duda, de un resurgimiento aunque quizá con nuevas formas y circunstancias. En el fondo, exactamente esto ocurre con la vida humana que es en definitiva un continuo trajín de venidas y de idas, digámoslo así para parecer más suaves. Aunque para vivir con cierto sosiego hay que aconsejar, confesémoslo, no pensar demasiado en esa realidad de la vida, hay que vivirla tan sólo. Seguir el camino que se nos abra sorteando los baches, a la espera de la solución salvadora al final de este "valle de lágrimas" como lo definió tan acertadamente San Pedro de Mezonzo en la oración que compuso, en la Salve.

En realidad, si bien se mira, este consejo quizá conveniente a nivel individual, se viene cumpliendo, muy peligrosamente, con el tema de los desastres naturales tan conocidos y repetidos en demasía. Japón tiembla, por ejemplo, aunque con baja intensidad, un mes sí y otro no por lo menos. Y ahí permanece este pueblo admirable por tantas virtudes conocidas, sabiendo que muy posiblemente puede llegar, como ha llegado, la gran tragedia.

Es que los humanos con nuestros adelantos, ensoberbecidos, nos hemos separado demasiado de lo natural, como si la Naturaleza fuera solo algo a lo que hay que dominar y no como ese algo tan importante, porque de ella formamos parte, en la que hay que vivir de acuerdo con sus leyes, aunque no sea más que para guarecernos convenientemente cuando necesario sea. Ante un desastre tan grande como el sufrido ahora, el hombre, impotente, no se diferencia mucho de un pequeño ratón: ambos sucumben sin remedio. Quizá la gaviota, tan previsora y que barrunta los cambios, se haya alejado lo suficiente y a tiempo como suele hacer, de la zona afectada, a la espera de que la tranquilidad la permita volver a su vida tan ajustada a lo natural.

El hombre no, desprecia parece a esa Naturaleza a la que pertenece y asienta su vida ayudado por la avanzada técnica que ha conseguido, construyéndose su habitat antinatural en unas zonas -Japón, por ejemplo, en este caso- de las que conoce su característica más llamativa y peligrosa: la inestabilidad sísmica, con lo que se convierte en la primera víctima cuando ocurre lo que tanto lloramos.

Hasta ahora, aparte de tantas desgracias humanas, sabemos que Japón, por efecto del terremoto, se ha acercado unos metros más al continente como queriendo buscar cobijo más seguro. También nos cuentan que el eje de la tierra se ha movido unos centímetros. Yo no sé que puede ocurrir con tanto vaivén, si a la larga o la corta pasará factura o no. Mientras, las centrales nucleares amenazan. El resultado lo sabremos pronto. Acaso un apocalipsis para muchos, Dios no lo quiera, pero el comisario europeo de Energía, lo ha pronosticado. Quizá se pase, ojalá.

viernes, 4 de marzo de 2011

DE NUEVO EN CAMISA DE ONCE VARAS

En camisas de once varas", así se titulaba un artículo que el 29 de octubre del año pasado aparecía en esta Hora Dada donde a veces mi conciencia se entreabre. Bien, ahora vuelvo a retomar el mismo asunto como anteriormente, con la humildad de un cristiano de a pie, lego en casi todo y como verán sin duda, ignorante, pero que, sin embargo, como los atrevidos se permite en ocasiones opinar. El tema de entonces y que revivo aquí es el del divorcio y la supuesta e insuperable disolución, desde una posición católica, del vínculo matrimonial ya roto. Un problema social, casi epidémico que nos sorprende y entristece a tantos. Y ha sido el propio Papa, ese intelectual de primera línea que nos va abriendo caminos tan provechosos para la interpretación de la vida y de los comportamientos y señalando los peligros actuales en el mundo y hasta de la mejor comprensión de las Escrituras, el que me ha dado pie para insistir en el tema del que me ocupé en mi artículo citado del 29 de octubre pasado y que ahora resulta un complemento de lo que aquí pretendo señalar.

Próximo a publicarse -el próximo día 10 exáctamnente- la segunda parte de su obra, "Jesús de Nazaret", leo que con motivo de la exoneración de los judios de la muerte de Jesús por parte de la Iglesia, el Sumo Pontífice en su obra corrige al propio evagelista San Mateo cuando afirma que "todo el pueblo" (el judío, claro) pidió la crucifixión de Cristo. El Papa, tajante, asegura que con esta frase "no se expresa un hecho histórico". Y se pregunta: "¿Cómo habría podido todo el pueblo estar presente en ese momento para pedir la muerte de Jesús?" para asegurar a continuación que la verdad de lo ocurrido lo expresan mejor el evangelista Juan y, sobre todo, con más detalle Marcos, lo que da pie al Pontífice para afirmar categóricamente que "El verdadero grupo de los acusadores (de Jesús) fueron los círculos contemporáneos del templo y la masa que apoyaba a Barrabás".

Para el Papa resulta importante esta puntualización que hace y que corrobora lo que ya el Concilio Vaticano II proclamó retirando las acusaciones de deicidio contra los judíos que tanta persecuciones y sufrimientos ocasionaron a tan admirable pueblo durante siglos. Mateo, pues, no lo hizo bien, al menos así parece según los textos en uso.

Esas consideraciones me dan pie a mi para, con mi tema, acercarme hasta el propio San Marcos nada menos, al evangelio (10, 1-12) en el que trata del divorcio y a las puntualizaciones de Jesús que recoge, dirigidas a unos fariseos a los que acusa de "terquedaz". Dice así el propio Jesús según el evangelista: "Al principio de la creación Dios los creo hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". De acuerdo como no podía ser de otra manera, la orden resulta tajante, "lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre". Pero observamos que el hombre no obedece siempre. ¿Obedeció Adán y Eva las órdenes de su propio Creador? ¿Se obedecen y cumplen siempre los diez mandamientos? ¿Se ha dejado de matar y de robar a lo largo de los siglos?.

También vemos que Jesús explica que unidos hombre y mujer "ya no son dos, sino una misma carne". Y así ocurre gracias a Dios tantas veces, aunque no todas por desgracia. Efectuada la promesa matrimonial, lo vemos tan a menudo, hombre y mujer siguen siendo dos muy notoriamente, no solo porque desde el principio hicieron separación de bienes, sino también de intenciones, actitudes y comportamiento. La orden de Jesús no se ha cumplido. La unión no se ha realizado en tantos casos e incluso cuando ha sido así, cuando la unión sí se efectuó, uno u otro o quizá los dos, la rompen tan frecuentemente. Es decir, no obedecieron el mandato de Cristo, tan claramente expuesto. Porque Cristo no dijo según San Marcos que la unión era irrompible, inseparable, sino que no fuera separada, rota por el hombre; bien claro está en el evangelio.

Dicho lo dicho digo ahora que doctores tiene la Santa Madre Iglesia que me sabrán responder como antes aprendíamos. Los intrígulis de la Teología pueden resultar laberínticos para un lego, pero considerado el tema como lo he hecho y atendiendo a lo que me dicta mi conciencia y entendimiento, debo añadir que el problema de las rupturas matrimoniales y sus consecuencias y derivaciones, debe de sacarse de la jurisdicion de los Tribunales en el que los doctores de la Iglesia tratan de brujulear (¿inquisitorialmente?) en las conciencias de los cristianos para dictar sentencias bienintencionadas, pero no sé si siempre acertadas como humanos que son. Los católicos tienen la confesión y, finalmente, el juició de Dios mismo. Con eso se arregla el cristiano para zanjar sus otros problemas morales algunos quizá muy graves, ¿por qué no los que puedan surgir del matrimonio en el que en tantas ocasiones alguna de las partes no es culpable de nada, sinó víctima únicamente?.