martes, 22 de diciembre de 2009

DE MOROS Y CRISTIANOS

Los tres secuestrados catalanes allí siguen, ocultos en la inmensidad silenciosa del desierto. Siguen, es decir, la guerra continúa. Una guerra siglo XXI, "sui gneris", la de los moros contra los cristianos. No hay ejército organizado del que defenderse o al que atacar en su caso, pero sí luchadores, terroristas organizados a los que tendrían que enfrentarse los ejércitos occidentales de pacíficos guerreros, cuya moral les impide atacar indiscriminadamente, por lo que están en inferioridad manifiesta pese a su técnica y preparación tan superior.

Esos musulmanes también -lo vemos ahora- se infiltran en el tejido social de Occidente como parte de su estratagia y en tantos casos forman como guetos impermeables a toda asimilación. Pretenden conservar su cultura separada de la del país que los acoge. Y como su crecimiento demográfico es superior, en poco tiempo pueden ser mayoría mientras los naturales del país receptor pasarán, por tanto, a formar grupos marginales en su propia nación.

España, hace siglos, hubiera podido sufrir algo por el estilo con los moriscos, esos que Rodríguez en su estupidez o en su maldad calculada trata de rescatar, restos de población musulmana que iban quedando mientras la mayor parte de sus correligionarios se mudaba a Marruecos a medida que los cristianos avanzaban.

¿Pero cómo eran esos moros? Variopintos si atendemos a su ascendencia, aunque entre ellos existían los muladíes, cristianos convertidos a la religión de Mahoma para no sufrir discriminación y librarse de pagar el impuesto obligatorio para todos los cristianos sometidos. Pero todos ellos por igual se negaban a integrarse en la España unida que nacía con los Reyes Católicos y con la ya consolidada de los Felipes.

El problema que actualmente ha surgido en Europa con el velo, existió también ya en la época de Fernando e Isabel. Se exigió que dejaran de usar sus atuendos. Se les dio años de plazo para ir renovando su vestuario, pero nunca se consiguió. Hubo sublevaciones. La de la Alpujarra fue notable, y lo que era peor, los contactos que mantenían con argelinos e incluso turcos en un afán de recuperar las tieras perdidas. Nunca, en realidad, fueron solidarios con el resto de españoles y sí muy afines con los marroquíes y berberiscos. Europa, además de España naturalmente, necesitaba seguridad en una zona estratégica y peligrosa como era toda la costa africana. Las expulsiones se vieron como una necesidad para conseguirla, además de que se acrecentaba la unidad de España que ahora Rodríguez ayuda a deshacer, mientras nos hace perder el tiempo con su Alianza de Civilizaciones que sólo encuentra algún eco en Turquía, país, precisamente, en que tanto cuesta que permitan construir una iglesia cristiana.

Y que los hados nos protejan, el ministro sueco de Exteriores a punto de que Rodríguez asuma la presidencia de UE declara que hay que "tender la mano a los musulmanes" porque "es esencial para el futuro de la UE". Además de que sus ideas sobre los ejércitos europeos también resultan sospechosas. Que buenas migas haría con quien preside el Gobierno español.

Pero mientras la guerra para el otro bando continúa. Y los tres secuestrados españoles allí siguen.

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