martes, 16 de octubre de 2012

EL ARTE DE LA GUERRA

Arte marcial. Se llama arte a la acción de matar con efecacia. Para obtener esa eficacia hay como para todos los propósitos que se pretendan alcanzar en esta vida, que forzar el cacumen, pensar de que forma se puede aumentar el número de víctimas. Cuando las cabilaciones han sido muchas, con el paso de los siglos se ha llegado a prácticamente poder acabar con este mundo que tanto cuesta abandonar individualmente. Ahí está la bamba atómica o las bombas, las que se necesiten, que las grandes potencias las guardan en abundancia y alguna otra no tan grande que pretende asustar a sus vecinos. El arte de la guerra ha llegado a ser un arte temible no solo para los propios contendientes sino para cualquiera por muy apartado del escenario de la contienda.

Retrocedamos cinco siglos: el abordaje fue el sistema de lucha en el mar preferida por los españoles, en aquella época en que no se ponía el sol para nosotros. Chocar las embarcaciones  para saltar al buque enemigo con las armas a propósito para atacar -en realidad, defenderse- del ataque previo generalmente de ingleses u holandeses. Lucha cuerpo a cuerpo siguiendo en el amplio mar el sistema de lucha que caracterizó a nuestros Tercios, esos regimientos de la infantería española de los siglos XVI y XVII famosos y tan temidos. Así se ganó en Lepanto y se libró el Mediterráneo del peligro turco. Pero en otro intento con el mismo sistema de lucha se perdió la Armada Invencible. Había que haber dado un paso más en el arte de la guerra naval y, ese paso, no lo dio la España de Felipe II sino que lo hizo Inglaterra, siempre con el mar tan próximo, lo que le permitió comprender antes que la pelea en ese medio, tenía que ganarla el barco, evitando, precisamente, el abordaje con ligereza de maniobra y con la ventaja que proporcionaban los cañones. Y si además se podía contar con los "elementos"  como gran ayuda, mejor que un buen temporal zarandea sin compasión a los barcos pesados y a sus tripulaciones.

A pesar de todo, conviene aclarar que Felipe II lo que pretendía era desembacar y derrocar a la reina inglesa e invadir el país, para lo que llevó hasta sus costas  nada menos que  30.000 hombres en 130 barcos. Porque ya en Pavía, 63 años antes España dio un paso  importante en el arte de guerrear. En esa batalla que  permitió hasta hacer prisionero al rey francés Fracisco I, la infantería española empleó una táctica nueva que aligeraba el cuerpo a cuerpo definitivo: los arcabuceros españoles, desde la distancia, iban eliminando franceses como una forma moderna de lucha.

Pero todo se puede mejorar y eso hicieron los franceses en Rocroi 55 años después: arcabuces en la distancia y caballería con lo que los duros brazos de los Tercios no fueron suficientes y ahí, dicen, comenzó la decadencia militar española que, sin embargo, siguía siendo temible bien avanzado el siglo XVII.

Resumiendo, hay que aceptar que desde que el hombre es hombre el afán de matar, atacando o defendiéndose, no ha cesado. Porque siempre el hombre encuentra disculpas o motivos que justifican en su opinión la confrontación. Y no digamos las naciones. Actualmente Estados Unidos, digámoslo a manera de ejemplo, sintiéndose gran potencia disfrazó su belicosidad y ansias de dominio, poniendo como disculpa la defensa de la democracia. De Inglaterra no hablemos. En los tiempos en que España era  potencia  se creía en la obligación de defender la fé que tanto esfuerzo requería, pero cabe también observar que detrás de ese motivo religioso, no siempre podía ocultar un afán de dominio. Era la gran potencia y no podía bajar la guardia que requería su autoridad. Porque el dominio y la prepotencia parece que son los motivos principales para la imposición sobre los demás. Con las armas como ha sido en general a lo largo de la historia o, más modernamente, con el arma tan eficaz del dinero que si no mata, al menos elimina al oponente como contrincante de consideración. Ahora hay un ejemplo bien claro que tanto nos afecta: Alemania, fracasada siempre a la postre en sus intentos de imponerse con las armas y de conseguir un gran imperio, trata de dominar con el nuevo arma del euro y no facilita a los que lo necesita, la ayuda que, sin embargo, pregona. Es decir, las lucha continúa aunque se haga con otras armas y con la sonrisa fingida de los políticos.

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