lunes, 7 de junio de 2010

EL TRABAJO

¿Es el trabajo una maldición? Hay opiniones. Desde luego si hacemos caso de los libros sagrados, observamos que tuvimos un aviso al menos de algo aproximado: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente", nos dijeron. Y ese sudor, aunque crean que exagero, debió, en muchos casos, ser un sudor de sangre. Sino echemos una ojeada al diccionario de Coromines que equipara la acción de trabajar a sufrir y esforzarse. Pero hay más, la palabra proviene del latín "tripaliare" que significa torturar que, a su vez, se deriva de "tripalium" una especie de cepo o instrumento de tortura. Expliquémoslo, el "tripalium", era un artilugio formado por tres palos o tres maderos cruzados al cual se ataba al reo. Y ya atado, digamos para entendernos y que me perdonen los puristas, el reo empezaba a "tripaliar" es decir a trabajar, a sufrir si respetamos el sentido etimológico que tiene la palabreja, trabajo igual a "sufrimiento, a dolor".

Esas tenemos, pero, gracias a Dios, en la actualidad nadie toma ya el trabajo tan por la tremenda, ni siquiera cuando a primeras horas de la mañana suena el despertador que nos obliga a tirarnos de la cama con rapidez para no llegar tarde al tajo. E incluso hay optimistas que afirman que el trabajo es salud, auque en mi época se respondía irónicamente a tal afirmación diciendo que "si el trabajo es salud, viva la tuberculosis".

En fin, no exageremos, aunque haya que admitir que hasta en el mundo de la Física se une trabajo a resistencia. Y en la actualidad nadie separa el término trabajo del término esfuerzo, incluso de dificultad. Y yendo más lejos llegamos al colmo con los trabajos forzados o con los forzosos que sin constituir una condena resultan obligatorios para tantos, ineludibles. Es decir, nunca el concepto de trabajo se desarrolla sin vencer alguna resistencia, igualito -no somos nada- que en ámbito de la ciencia física.

Dicho todo lo anterior, si consideramos el concepto del trabajo a lo largo de la historia de nuestro mundo, la cosa mejora y comprobamos cómo se ha ido elevando en la consideración de las gentes. Esa apreciación que casi lo aristocratiza, se la debemos a Calvino, hay que reconocérselo, sí el reformador que presentaba la actividad profesional como un símbolo de la bendición divina, en contra de los que tachaban hasta de pecaminosa la actitud que tendía al lucro.

Hay que recordar que el mundo de los señores feudales se estaba superando, mientras que en los países europeos alejados de los beneficios que de América provenían, no tuvieron más remedio que encauzarse por otros caminos, consiguiendo con ello que surgiera pujante la vida urbana, la actividad comercial y la manufacturera. En esas sociedades ya burguesas, las enseñanzas de Calvino fueron bien acogidas, con lo que surgió una realidad nueva, una forma de vida de la que fueron nutriéndose todos los europeos, aún los aferrados a la economía agrícola tradicional. El trabajo pasaba de ser una condena a considerarla tan sólo, una obligación. Quien no trabaje que no coma, vino a decir el bueno de Calvino.

En esto el reformista francés acertó, pero su intransigencia en otras cuestiones fue notable. No olviden lo que hizo a nuestro Miguel Servet, el descubridor de la circulación de la sangre: él mismo dió orden, no de que lo ataran al "tripalium", para que "tripaliara", es decir, para que trabajara en el sentido que antes se gastaban, sinó que fué más contundente y ordenó sencillamente que le quemaran vivo. Y así acabó sin tanto trabajo, pero sin dejar de sufrir. Sufrir, del latín "sufferre", soportar, tolerar, aguantar. Y ya saben, trabajar y aguantar son dos palabras que van juntas desde hace mucho tiempo, se complementan. Lo dice el diccionario y será verdad, aparte de la advertencia de Calvino que también lo es.

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