domingo, 19 de septiembre de 2010

LA VUELTA AL RUEDO

Fernando Savater es un filósofo que como suelen hacer los filósofos pontifica. Ahora ha escrito un libro que titula "Tauroética" para oponerse a las tesis de los abolicionistas de las corridas toros. En ese libro que no he leído y del que únicamente tengo referencia por los periódicos, parece que afirma que "lo bárbaro es confundir la sangre del toro con la del hombre" lo que no sé hasta que punto puede tacharse de barbaridad tal desatino, sino más bien de equivocación o de ignorancia. Se trata de sangre de dos seres, uno racional y el otro de los que llamamos irracional, pero las dos fundamentales para cada uno de ellos. Pobre hombre quizá sólo herido y pobre toro seguramente muerto, lo que a mi entender daría motivo a dos tipos de lamentaciones de intensidad seguramente desigual. Aunque llegado aquí hay que decirlo, el hombre así herido aceptó libremente el riesgo, quería acabar con el toro y el toro que no buscaba la lucha se defendió. Es la eterna discusión entre los pros y los contras de la fiesta.

Y ya con esto llego al punto que quería resaltar, aunque repito con el único apoyo informativo que proporciona el diario en cuestión: parece ser que en el afán de Savater de desmantelar los motivos que esgrimen los abolicionistas, explica en un "impecable razonamiento" según el periodico, que el titular de un derecho debe ser consciente de ello, "por eso -parece que añade- nosotros podemos tenerlo y los animales no". Con lo que no se puede estar de acuerdo en absoluto. Si lo aceptamos damos pie a la legalidad del aborto, el feto no tiene consciencia de nada, luego no tiene derecho alguno. Tampoco un enfermo acaso, ni un retrasado mental, por ejemplo. No, si Sabater escribe esto en su libro "Tauroética" falla, no hay ética en su afirmación ni siquiera aplicándoselo a los toros.

Todo esto ocurre por alejar el concepto o el sentido del derecho de su necesario fundamento en la imprescindible ley moral natural, lo que lleva al peligro de que el propio derecho, al ser calificado de jurídico, puede -y ocurre tantas veces- separarse de la justicia, esta sí siempre unida a la moral. Si queremos perfecccionar el orden jurídico debe respetarse el llamado derecho natural lo que a lo largo de la Historia no siempre ha sido así.

Otra cosa es el motivo verdadero de la prohibición de la Fiesta en la triste Cataluña actual. El impresentable gobierno que la rige, en su locura trata de borrar todos los signos que la unen con el resto de España, eso es sabido y comentado y también condenado por todas las mentes lúcidas. Ahora, exagerar negando al espectáculo el calificativo de sangriento resulta también chocante. A lo largo de la historia hubo prohibiciones en la fiesta. Una la más antigua de que tengo noticia la hizo el mismo Alfonso X el Sabio que prohibió el toreo a pie, permitiendo sólo hacerlo a caballo. Más tarde, creo que con Carlos IV la prohibición de la fiesta fue total. Diez años parece que duró y fue, pásmense, Pepe Botella, el rey impuesto por Napoleón, el que volvió a instaurarla. Pero hay más, hace relativamente poco, la sangre y las tripas brotando de tantos caballos hería muchas sensibilidades y al fin el peto obligatorio impide la muerte, pero no los sustos que me imagino pasarán los pobres caballos con el ojo tapado sin saber porque es así zarandeado y sin tener la posibilidad de arrear una coz en los morros al toro que le ataca.

Se prohiben las peleas de perros y la de gallos, las del hombre con el toro no. Se considera una fiesta representativa de España (por eso la prohiben en Cataluña) y por eso mismo la defendemos la mayoría de los españoles. Pero el toro sufre y la crueldad acompaña al arte que tantos reconocen en el toreo. Mas como el toro no es consciente de la existencia de derecho alguno no puede ser titular de ninguno de ellos según Sabater. El feto humano tampoco según la Aido, titular del Ministerio de Igual Da que dice Antonio Burgos. Así que para acabar aceptemos que cuando los derechos reconocidos son los que están escritos y admitidos por cada dictadura del momento, y la ley moral se ausenta en tantos de ellos, el hombre queda libre para perpetrar tantas brutalidades.

Sé que todo lo que digo no merece de la mayoría que me lea ni una reconfortadora vuelta al ruedo. Pero los pitos no los oigo y las almohadillas no llegan hasta aquí.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No le lanzaré almohadillas. No las merece, pero sepa que su postura prácticamente antitaurina es una equivocación que de progresar acabaría con la raza de toros bravos y con un arte que nos distingue en el mundo entero a nosotros los españoles y a los hispanos americanos. Se lo dice un malagueño que prácticamente convive con los toros en el campo y que los cuida.

La hora dada dijo...

Le contesto a mi comunicante malagueño contándole que a los toros bravos los llamaba uno el otro día, más bien, toros cabreados y creo no está desacertada tal denominación. Que a un pobre toro lo saquen del campo, lo trasladen en una especie de caja a unos lóbregos chiqueros donde lo tiene preso hasta de deciden llevarlo al ruedo para recibir, de improviso, dos o tres puyazos que lo dejan tambaleante y que se completan con tres pares de incisivas banderillas con objeto de que un mocito pinturero vestido de luces con todas las ventajas a su favor le incite a una pelea llena de engaños y ausente de toda nobleza, es, en verdad, para, al menos, cabrearse sin necesidad de bravura especial alguna.
Dicho lo cual sigo manifestando mi oposición a la decisión catalana por ser política sobre todo, a la vez que comunico al amigo malagueño que siento contradecirle.