viernes, 28 de noviembre de 2008

CON LA CRUZ A CUESTAS

La aconfesionalidad de los Estados parece una postura lógica, conveniente y justa. La puesta en práctica de un laicismo recién implantado y autoritario en la vida diaria de una sociedad en la que más de un 80% se considera cristiana, es un tanto difícil. La sensación de agravio surge a cada solicitud de que desaparezcan los símbolos tan entrañables para una mayoría. Tierno Galván se opuso a que retiraran una cruz de la mesa presidencial utilizada en ciertas ocasiones del Ayuntamiento de Madrid. "Es un símbolo de paz", señaló más o menos.

Pero ahora en España estamos sufriendo la enfermedad del revisionismo urgente y rencoroso de los que perdieron la guerra ¡Como si a estas alturas no fueramos todos perdedores después de tantas atrocidades! La democracia parece de una digestión difícil no sólo para este Gobierno revisionista, sino para algunos españoles de a pie, pazguatos asombrados ante sus derechos, que no dudan en enfrentarse contra lo que no es ofensa ni puede serlo, sino signo de creencias y de la tradición en la que han nacido. Son, vemos, las minorías a las que claramente se protege, lo que está bien siempre y cuando las mayorías sean debidamente consideradas. Para ello no se puede olvidar la realidad española, sus creencias, la Historia, las tradiciones que conforman nuestra cultura. La cultura es la que conforma nuestra personalidad y nuestra forma de ser, la que nos distingue.

España, la de los frutos tardíos como se la consideró, pero que los produjo y en tantas ocasiones con maestría y ejemplaridad, debería si dispusiera de voluntad, genio y originalidad, implantar la libertad a la que aspira y que ahora pretende copiar, fijándose en la Constitución y con el sello y la atención a sus valores y a su realidad. No se puede echar por tierra acabando por decreto de la noche a la mañana sin otras consideraciones, los signos que nos han caracterizado. En Francia, antigua y pionera en un laicismo claro y equilibrado, pero rotundo, no tuvo empacho su presidente en destacar la realidad cristiana de su país en la reciente visita del Papa. En Norteamérica los gobernantes nunca olvidan encomendarse a Dios en sus discursos trascendentales, con lo que creo que nadie, agnósticos o ateos con tras dedos de frente, se sientan ofendidos. Comprenderán que, al menos, la frase refleja la buena intención del que la pronuncia.

La Cruz que ahora van a quitar sin más miramiento de un colegio, símbolo que trasciende a su propio concepto no fue así considerada hasta dos o tres siglos después de la Crucifixión. El signo primero con que se distinguían los primitivos cristianos fue un pez de simple trazado. Esa muerte "y muerte de cruz" como todavía hoy se destaca en las oraciones, se consideraba infamante y los cristianos trataban de no recordar tal afrenta. Fue el emperador Constantino el que primero la utilizó destacándola en su estandarte. Desde emtonces es la señal del cristiano. Y los cristianos, mayoría todavía, con la ruda decisión de ahora que acaba con una tradición de siglos, se sienten conmovidos y dañados en sus creencias, porque la Cruz, ya lo dijo Tierno y así la consideramos, "es un símbolo de paz".

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